viernes, 6 de junio de 2014

La realidad es un estero

Para Dina Toledo
No me ignores. Soy el suspiro de alguien que te busca dormido. Una hormiga camina sobre la piel de un ser vivo. Las patas le dicen algo. Hay un mundo muy pequeño que se llama realidad. Y es inasible. Los pies saben que la tierra se mueve. Los ojos saben que negar lo que ven se vuelve olvido. La lengua sabe que sabe lo que se sabe del agua: aunque sea insípida. La sazón de los cuerpos pica, amarga, endulza, sala. Las vías aéreas se inflaman: se hinchan para sobrevivir. La realidad se mueve y se estanca: es agua viva
            
mas agua que se detiene...


La realidad es un estero donde los camarones no podrían dormirse: no hay corrientes ni cables ni fuerzas que las provoquen. Los esteros iluminan las texturas de los moluscos. Y en ellas se muestran todos los códigos genéticos que forman nuestros mapas. Aquí está el secreto: saber despertar de estos mapas, de estas ilusiones que son los esteros. Entre asombro y letargo, la realidad se aparece como el camino que traza la percepción. Todos los sentidos trazando sensaciones, ideas transformadas en noches saladas.
De cada letra y cada abstracción, de cada sonido y cada inundación, de cada historia y cada salida de agua, la realidad se mueve con los ríos intuidos por Heráclito. Los obstáculos que tenemos para conocer la realidad, para aprender a conocer, se mira en el reflejo de las aguas tranquilas de Bachelard. Y así Bacon, y Michelet, y Nezahualpilli, y Jodorowsky. La realidad es una metagenealogía: porque los esteros se anegan, se estancan, se pudren… y vuelven a la vida… y devuelven la vida.
Todos los nombres son posibles. Pero con la realidad no hay nominalismo que cuadre. Los silencios son cuadratura de la percepción. Y el instante que obstaculiza los sentidos también destruye los ídolos de agua. Cada ídolo es arrastrado por la genialidad de los seres que aprehenden la respiración. ¿Conocemos la realidad? ¿Conocemos la angustia? ¿Conocemos la alegría? ¿La realidad es conocimiento? Entonces los esteros se mueven. Y vuelve a llover. Y llega la noche. Con los aleteos de los peces voladores libres en mar abierto.
Es imposible pensar en mis abstracciones y mi percepción sin pensar en las experiencias impresas, ya, en mi memoria. Conocer la realidad es al mismo tiempo no conocerla. Imposibilidad y encuentro: es ésta la vida, la eterna vida. Y mañana se sacude el tiempo entre los moluscos atrapados en el anonimato. Los esteros arden. Morirse es también ser real. Intercambiamos órdenes y voluntades, deseos y doctrinas. Pero la realidad es aceitosa: para sobrevivir en el fango que es el tiempo en el que dura la realidad.

No nos callamos. La búsqueda no se para: ni siquiera para mirarla, pensarla o sentirla. ¿Dónde está la paciencia para continuar con aquello que está cerca y que se aleja cada vez que la deseamos? Hijos de Tántalo, también somos hijos de las ligas que soportan los esteros. Cada vínculo acuático en nuestras células llora, suda, transpira, eyacula, sangra. La realidad se moja y se seca en las médulas espinales. Y se advierte el efecto de la luna sobre la fragilidad de los rostros que se asombran ante el descubrimiento de la nada, el vacío y la espiral. Conocer la realidad es también un laberinto: con forma de estero: agua viva que parece estancada.
© Conrado Zepeda Pallares

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