Para Dina Toledo
No
me ignores. Soy el suspiro de alguien que te busca dormido. Una hormiga camina
sobre la piel de un ser vivo. Las patas le dicen algo. Hay un mundo muy pequeño
que se llama realidad. Y es inasible. Los pies saben que la tierra se mueve.
Los ojos saben que negar lo que ven se vuelve olvido. La lengua sabe que sabe
lo que se sabe del agua: aunque sea insípida. La sazón de los cuerpos pica,
amarga, endulza, sala. Las vías aéreas se inflaman: se hinchan para sobrevivir.
La realidad se mueve y se estanca: es agua viva
mas agua que se detiene...
La realidad es un estero donde los camarones no podrían dormirse:
no hay corrientes ni cables ni fuerzas que las provoquen. Los esteros iluminan
las texturas de los moluscos. Y en ellas se muestran todos los códigos
genéticos que forman nuestros mapas. Aquí está el secreto: saber despertar de
estos mapas, de estas ilusiones que son los esteros. Entre asombro y letargo,
la realidad se aparece como el camino que traza la percepción. Todos los
sentidos trazando sensaciones, ideas transformadas en noches saladas.
De cada letra y cada abstracción, de cada sonido y cada inundación,
de cada historia y cada salida de agua, la realidad se mueve con los ríos
intuidos por Heráclito. Los obstáculos que tenemos para conocer la realidad,
para aprender a conocer, se mira en el reflejo de las aguas tranquilas de
Bachelard. Y así Bacon, y Michelet, y Nezahualpilli, y Jodorowsky. La realidad
es una metagenealogía: porque los esteros se anegan, se estancan, se pudren… y
vuelven a la vida… y devuelven la vida.
Todos los nombres son posibles. Pero con la realidad no hay
nominalismo que cuadre. Los silencios son cuadratura de la percepción. Y el
instante que obstaculiza los sentidos también destruye los ídolos de agua. Cada
ídolo es arrastrado por la genialidad de los seres que aprehenden la
respiración. ¿Conocemos la realidad? ¿Conocemos la angustia? ¿Conocemos la
alegría? ¿La realidad es conocimiento? Entonces los esteros se mueven. Y vuelve
a llover. Y llega la noche. Con los aleteos de los peces voladores libres en
mar abierto.
Es imposible pensar en mis abstracciones y mi percepción sin pensar
en las experiencias impresas, ya, en mi memoria. Conocer la realidad es al
mismo tiempo no conocerla. Imposibilidad y encuentro: es ésta la vida, la
eterna vida. Y mañana se sacude el tiempo entre los moluscos atrapados en el
anonimato. Los esteros arden. Morirse es también ser real. Intercambiamos
órdenes y voluntades, deseos y doctrinas. Pero la realidad es aceitosa: para
sobrevivir en el fango que es el tiempo en el que dura la realidad.
No nos callamos. La búsqueda no se para: ni siquiera para mirarla,
pensarla o sentirla. ¿Dónde está la paciencia para continuar con aquello que
está cerca y que se aleja cada vez que la deseamos? Hijos de Tántalo, también
somos hijos de las ligas que soportan los esteros. Cada vínculo acuático en
nuestras células llora, suda, transpira, eyacula, sangra. La realidad se moja y
se seca en las médulas espinales. Y se advierte el efecto de la luna sobre la
fragilidad de los rostros que se asombran ante el descubrimiento de la nada, el
vacío y la espiral. Conocer la realidad es también un laberinto: con forma de
estero: agua viva que parece estancada.
© Conrado Zepeda Pallares
No hay comentarios:
Publicar un comentario