viernes, 26 de octubre de 2012

Cuetlaxcoapan

Serpiente, dejas tu vasta y prodigiosa piel en el cerro. Serpiente, te aproximas al canto y a la danza que pide Macuilxóchitl. La juventud renace y los ángeles lo saben. Mensajes de sierpes creadoras chafadas como lunas conciliadoras.

En el espacio donde se vinculan la belleza con los dioses, las serpientes se renuevan. Es Cuetlaxcoapan.
 Puebla de los Ángeles de Leopoldo Sánchez Brito
Una cauda de fuego enaltece los límites. Llegan ágiles ondeando efusivas y gallardas. Con todo, los mundos se desean: la serpiente y el ángel: pensamiento y mensaje. Luego del choque, una ciudad se erige. Silencios. Oraciones. Festejo y vida. La ciudad se puebla de hombres agricultores y herreros, molineros y jubeteros, bordadores y molineros, pañoleros y tocineros. Las serpientes lo permiten. Los ángeles lo propician. Porque es aquí, frente a Matlalcuéyetl, que los hombres se renuevan. Sus cuerpos llevan espejos que guardan los movimientos de su origen: los otros, los ángeles. Las de los picos pardos se arrepienten; los frailes mendicantes sonríen frívolos; los panaderos buscan a los señoritos y los intelectuales se resguardan de la china.

Agua caudalosa sintetizas el vaivén de la serpiente. Cambia de piel la danza. Piensa su trono de estiércol. Fundación de escamas. Magia ordinaria. Quema mil estampas de la Catarina. Taumaturga dulce, víbora poblana. Suenan mil fandangos en tu catedral: es la culebrita que te quiere aquí. Analco: “del otro lado del río” me miras reptar, eres tú morena la de la ciudá. Fúndame, cristiano, al fin que yo sigo: viva viva viva, la serpiente soy.

© Conrado Zepeda Pallares

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