Serpiente, dejas tu vasta y prodigiosa
piel en el cerro. Serpiente, te aproximas al canto y a la danza que pide
Macuilxóchitl. La juventud renace y los ángeles lo saben. Mensajes de sierpes
creadoras chafadas como lunas conciliadoras.
En el espacio donde se vinculan la
belleza con los dioses, las serpientes se renuevan. Es Cuetlaxcoapan.
Puebla de los Ángeles de Leopoldo Sánchez Brito
Una cauda de fuego enaltece los límites.
Llegan ágiles ondeando efusivas y gallardas. Con todo, los mundos se desean: la
serpiente y el ángel: pensamiento y mensaje. Luego del choque, una ciudad se
erige. Silencios. Oraciones. Festejo y vida. La ciudad se puebla de hombres
agricultores y herreros, molineros y jubeteros, bordadores y molineros,
pañoleros y tocineros. Las serpientes lo permiten. Los ángeles lo propician.
Porque es aquí, frente a Matlalcuéyetl, que los hombres se renuevan. Sus cuerpos
llevan espejos que guardan los movimientos de su origen: los otros, los
ángeles. Las de los picos pardos se arrepienten; los frailes mendicantes
sonríen frívolos; los panaderos buscan a los señoritos y los intelectuales se
resguardan de la china.
Agua caudalosa sintetizas el vaivén de
la serpiente. Cambia de piel la danza. Piensa su trono de estiércol. Fundación
de escamas. Magia ordinaria. Quema mil estampas de la Catarina. Taumaturga
dulce, víbora poblana. Suenan mil fandangos en tu catedral: es la culebrita que
te quiere aquí. Analco: “del otro lado del río” me miras reptar, eres tú morena
la de la ciudá. Fúndame, cristiano, al fin que yo sigo: viva viva viva, la
serpiente soy.
© Conrado Zepeda Pallares

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