Desde arriba
todo parece claro. El padre de Arturo sacude con precisión e higiene. Y cierra
la bragueta. El espectáculo duró mientras Arturo observaba desde los hombros de
su padre las distintas maneras de descargar la vejiga. Había culpas y
satisfacciones en ese acto que él mismo compartía. Con los anteojos empañados,
Art se convence de que ser hombre es un acto de libertad y sencillez. Aquí no
está su madre desesperada por hallar una taza limpia: un lugar inmaculado donde
reposar el culo todo. Aquí no está su hermana, reciente novia e histérica
desalmada: obsesionada por infecciones públicas. Aquí, hay una escuela de
masculinidad. Arturo se asoma a la izquierda. Por un momento, compara la
plenitud de su padre con la inseguridad de Cornelio. Entonces, Arturo sabe que
la paz depende de los demás. Desde arriba, el agua está siempre en movimiento:
fluye y colorea la blancura de la porcelana. Con cinco años y medio y unos
anteojos con vivos rojos, la columna vertebral de Jorge Arturo Jaramillo se
arquea lo suficiente. Es 14 de agosto de 2012. Sabe que nadie dormirá, porque
en Huamantla las alfombras policromáticas perpetuarán la asunción de María a
los cielos. Tal vez ella también mire todo con claridad desde arriba y sepa que
cuando su padre le hace caballito, ningún Ernesto, ningún Gerardo, ningún
Kevin… puede bulearlo.
© Conrado
Zepeda Pallares
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