¡Mazatlán!
¡Mazatlán! La voz purulenta y aguardientosa del chofer les taladró los oídos a
Jaime y a Simón. Con los ojos arenosos y la conciencia amodorrada, las últimas
palabras que recordaban ambos eran “Apenas estamos en Tepic”.
- ¿Y entonces, pa’dónde va, compa?
- A Mochis.
- Tá bueno. ¿Y usté?
- A Mazatlán.
Simón
y Jaime volteaban para evitarse. Hasta que en plena película (de esas para
viajeros solitarios), ambos tiraron la carcajada. Una joven mujer sorteaba toda
una serie de obstáculos como en un videojuego: nada ni nadie la podían detener.
- ¡Qué chilo! La plebe bien carrilluda
que ni con el putazo se paró. ¡No se aguanta! ¡Pinche florete, compa!
- No, pues, la verdad no le entendí, pero a mí también me hizo de
reír.
- ¿Qué pues? ¿A poco no le entendió? La
plebita no se detuvo. ¡Por más que el compa ése la paró con el golpe!
- No, digo que no le entendí a usted.
- ¡Ah, compa, usté perdone, pero aquí
nomás que me confundí. Usté ocupa que le expliquen cómo hablamos en Guasave.
- A lo mejor, pero yo no vide que la
güachi de la película fuera pobre.
- ¡Ah! ¿Pobre? ¡No, compa! Plebe… niña,
morra. ¡Ustéstá peor, compa! ¿Cómo que güachi? Ni que fuera fruta. Habla usté
bien cajeta. ¡Ingatu roña!
- ¡A qué mi estimado amigo, me caes
bien! Y ya con eso te puedo hablar de tú. ¿Qué no?
- Hábleme como quiera, compa, pero ocupo
que me explique así bien bien eso de güachi.
- Así nomás les decimos a los plebes de Tierra Caliente.
- ¡Ah, usté es de Michocán!
- ¡Saco! ¡Nimáiz! Soy de Tlapehuala,
Tierra Caliente, Guerrero. Y fíjate, amigo, que desde que estaba transitando en
la estación te vide y pensé que eras de mi tierra porque te vide como polvorín
todo caliente con la güachita de la tienda.
- ¡Ah, jijo! ¿Pos qué le hice a la
morra? Yo nomás le estaba comprando la botella y pos de paso le pedí su
teléfono por si ocupaba algo de regreso.
- Ha de ser. ¿Quieres un trago, amigo?
Nomás que poquito cocho porque está bendita.
- Ah, pues, gracias. ¡Ya estás peina’o
pa’tras! ¡Atáscate que hay lodo! Nomás un traguito porque a mí siempre me dicen
que el mezcal del sur es llegador. Y que luego luego se ando viendo uno todo
chamagoso.
- ¡Pues, salud, amigo, a ver si no nos
andan bajando por plebes, jajajaja!
- ¡No pues, túmbese la barra, puro
salivero con estos vatos! A nosotros no nos bajan. Bueno, bueno, posn: ¿nos
peinamos o nos hacemos trenzas? Ya, salud, pues.
- ¿A poco no está bien perro, amigo?
- ¡Vámonos al cien, pariente! Este
mezcal está pa’pistear y pistiar.
- ¡Ahora sí va a llenar sus bules,
amigo!
- ¡Se piña! Bueno, pero cuénteme, compa,
¿por qué viaja solo? Usté se mira ya de camino recorrido. No debería estar
viajando así. Mínimo se mira de dos morras pa’rriba.
- Así es, mi amigo, como dicen en mi
tierra: yo también fui caporal pero de
los de tecata, con mi fierro marqué bueyes, monté terneras y vacas, a todas les
puse pial, por eso me acabé la reata.
- ¡No se aguanta, compa! ¡Qué chilo
dicho! ¡Se rifó! ¿Pero entonces está casado o no?
- Así es, pariente, tuve varias mujeres.
Nomás que me querían echar mangana pero no me dejé manear. Por eso vengo solo.
Eso sí, a ver a una de mis güachitas de juventud.
- ¡Me cae que es usté bien cajeta! ¡No
se aguanta de lo carrilludo que es!
Las
luces brillaban incandescentes: como en sala de interrogatorio. Había que bajar
ya. ¡Mazatlán, Mazatlán!
- Bueno, compa, éste es mi número, por
si ocupa algo más al norte.
- Gracias, amigo, yo te llamo.
- Fierro por la costera, pariente. ¡Ya
está!
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