Ni un
cigarro más. Estefanía Ríos corre desesperada mientras decide si Gustavo
volverá a ver a su hijo. Acaba de salir de El Relicario con la esperanza de
volver a contentarse con él: han sido veintinueve veces las que se han mandado
a la chingada con todo y Nico. No hay que ser, la ensalada de pera estaba
riquísima, ¿por qué chingaos el pendejo tenía que volver a decirme que soy una
cigarrera chaparra que no se ve igual de elegantiosa que su madre? Corre,
Fanny, corre, se ordena, mientras los chicles, chicharrines, chamoyadas,
chopitos de tamarindo, chunches pa’fumadores se van perdiendo en la corriente.
Corre la Fanny para evitar que su ira la alcance. Gustavo no la va a volver a
insultar, no va a volver con él. Volver sería un acto de eternidad diabólica y
está harta de volver a volver. Corre y recuerda que le vendió el último cigarro
al Señor de la Torre, mientras su hijito le miraba las piernas a Milo
Mandujano. Se acercó muy sonriente para apaciguar la tensión y el señor le
compró la cajetilla completa. Entonces vio a Gustavo con su sonrisota de
siempre, con sus pretensiones de volver volver. Adivinar si esta vez nada más
la insultaría era igual de loco que Juan Gabriel viniera nomás así a devolverle
la cordura. Querida, ah ah ah, dime
cuando tú, dime cuando tú, dime cuando tú vas a… Estefanía detesta no tener
madre que la aconseje, padre que la sostenga, hermano que la regañe: la Fanny
Ríos está hecha un caudal de frustración. En este valle de tejocotes brillantes
no puede acobardarse. No va a volver con ese cuentachiles. Ha corrido lo
suficiente. Está amaneciendo y no hay equimosis reveladoras ni ecos que la
confundan. Todo su cuerpo está hinchado de una paz incapaz de explicarle por
qué ya no siente más la opresión en el pecho de cuando corría. Mira todo el
tiempo hacia arriba y la levedad con la que sostiene a Nico es más sutil que
Juan Gabriel cantándole al oído. ¿Cómo puede llorar de alegría? Para eso está el
río de su historia: para eso está su padre pidiéndole que siempre piense en él.
Todos se fueron detrás del agua brava: allá en el norte, y ninguno volvió. La
Fanny tenía que permanecer en Hueyapan, cerca de la tumba de la abuela. Mira mi soledad, mira mi soledad que no me
sienta nada bien… querida no me ha sanado bien la herida. Nicolás ya no
juega en los charcos. Estefanía Ríos y Nicolás ya no volverán a ver el
arrepentimiento de Gustavo. Ambos navegan en la felicidad del olvido: la poza
azul donde vuelven las queridas y donde nadie está solo.
© Conrado Zepeda Pallares
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