Que venga la fiesta, señores, que venga. Total, a mí no me queda más que rezarle en una piedra que ni siquiera es piedra y no es fría y no es tumba. ¡Que venga la fiesta! A mí diciembre me viene guango. En esto se le iba la vida a la Sandra Zenzontle. Ella siempre reza con los ojos despiertos pero con el alma dormida. Es como si quisiera olvidarse de la primera posada en la que, para colmo, ella fue la encargada. Todos los oradores pasan por encima de sus recuerdos sin pensar un solo instante en las consecuencias de pisotear la tranquilidad de una descansa-en-paz.
Algunos se detienen a admirar la dicha en la que se fue la Sandra: "casada, fiel, se despidió como un pajarito." No, si lo importante es que haiga sido como haiga sido, fue siempre fiel, como ésta de la Virgencita del Carmen, hasta se inventó un escapulario en señal de complicidá con su señor patrón. A Sandra se le ocurre que éste es un completo hijo de Layo: un cristiano corriente comedondehay. Los lamentos siguen: Usted no me conoce, Sandrita, pero dicen que usted cantaba como la Peralta: igual de lindo pero con la cara de ángel. Si nomás hay que admirar esa pintura que parece foto de usted: toda una diva, toda una mujer fiel. Para mí que esta señora, con todo y su decencia sufrió como un remolino: sí, la engañaba Rubencito, cómo no, tanta felicidad no es creíble.
Las amigas de Sandra parlotean, gritan, se revuelcan en sus palabras divinas. Todas tienen la opinión perfecta, la mirada precisa para calificar la bondad de Sandrita. Se acercan a verle la cara pero no se encuentran a sí mismas, no hay espejo. Los que se van se vienen a burlar en la nada: el cuerpo está maquillado para iluminar la fidelidad. Aquí no hay terapia, aunque Sandra reviviera, las mujeres siguen preocupadas por la dicha de los otros. Nomás Rubencito se acuerda de la última frase que le propinó a "su" mujer: "alegre, por eso te mueres, por alegre".
Seamos conscientes: es un atrevimiento asíncrono éste de querer visitar tumbas en Adviento. Mejor comamos dulces y envinemos pavos, rompamos piñatas y metámonos a la cama. Eso sí, pisemos nuestra honra sobre las piedras calmaditas. De día, todas las piedras son mate. Y las azucenas, los nardos, las dalias, los crisantemos, las rosas (un chingo de rosas pa'que no se vaya a regresar, un chingo de flores pa'que no nos váyamos a ahogar), las lilis, los pétalos de gerveras: toda la podredumbre floral se la lleva Don Cuco. Todas las flores tienen dos vidas: la de la tierra y la del agua. La vida de la tierra es la que le da su color; la del agua, sirve para quitar lo metiche. Un olor a viznaga procesada le viene a Rubén, le viene bien convertir los golpes en dulces. Rosas y chocolates para Sandra es mucho mejor que aceptar lo que hizo. Además, a su mujer le tocaba organizar la primera posada.
Sandra siempre tuvo miedo de convertirse en dulce, por eso decidió ser de piedra. Igual que su dios.
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