No te culpo
Estela, yo también le temo a los relámpagos de los huesos. No te culpo. I don´t blame you. ¡¿Quién quiere
confiar en estas baldosas breves que construye la convivencia de los hombres!?
-¿Te
acuerdas de Córdoba? ¿O sólo llevas a Puebla en las gorditas con polvo de oro? ¿Y el café?
Cuando el
encierro te lleva a cargar con el encierro de todos, hasta las puertas parecen
praderas luminosas. No te culpo Estela, yo también me callé cuando me dijo que se regresaría a
Ciudad del Carmen. Yo también me encierro. Yo también los abandoné a todos.
Mauro
Jaramillo seguía repitiendo sus encuentros con Estela, donde la justificaba,
donde le perdonaba la falta de crema y de vino.
Mauro se
levanta con las uñas sin cortar. Mauro cambia a Estela por una más joven.
Estela es siempre más joven. Estela es un manejo inusitado de permanencia, ya
se llama Armenia, ya se llama Isaura, Devaki, Elena, Rosario. Estela ahora
tiene veinte años. Mauro sigue sin desayunar en la cama y sin la pedicura.
-Rosario,
te he dicho cuánto me gustaría que supieras cocinar, pero no sabes ser mujer,
sólo me sirves para que Estela no envejezca.
-Elena,
todo lo que llevamos en las tardes se llama destino.
Mauro ya no
se levanta tempranísimo a contemplar el alba. Estela ya no se levanta de su
tumba. De las breves notas se apunta una lanza imperecedera porque Estela se
transforma en mil nombres: fugaces. Y Mauro ha despertado.
Estela se
encerró, la voz se encerró y el viento la acompaña en los cigarrillos que nadie
fuma, que nadie se atreve a incendiar. El edificio donde el rito de antes se
vive, ahora ha salido a conocer el mundo.
-Rosario,
mi camisa.
-Elena, mi
desayuno.
-Armenia,
mis enfrijoladas.
-Isaura,
Estela, Devaki, Armenia, Rosario, Elena, Estela, Estela…
-Estela…
Mauro se
aprende los saludos de los botones.
No te culpo
Estela. Yo también le temo a lo definitivo. No te culpo Estela.
© Conrado Zepeda Pallares
Puebla de los Ángeles, febrero de 2003
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