domingo, 14 de octubre de 2012

No te culpo Estela


No te culpo Estela, yo también le temo a los relámpagos de los huesos. No te culpo. I don´t blame you. ¡¿Quién quiere confiar en estas baldosas breves que construye la convivencia de los hombres!?

-¿Te acuerdas de Córdoba? ¿O sólo llevas a Puebla en las gorditas con polvo de oro? ¿Y el café?

Cuando el encierro te lleva a cargar con el encierro de todos, hasta las puertas parecen praderas luminosas. No te culpo Estela, yo también  me callé cuando me dijo que se regresaría a Ciudad del Carmen. Yo también me encierro. Yo también los abandoné a todos.

Mauro Jaramillo seguía repitiendo sus encuentros con Estela, donde la justificaba, donde le perdonaba la falta de crema y de vino.

Mauro se levanta con las uñas sin cortar. Mauro cambia a Estela por una más joven. Estela es siempre más joven. Estela es un manejo inusitado de permanencia, ya se llama Armenia, ya se llama Isaura, Devaki, Elena, Rosario. Estela ahora tiene veinte años. Mauro sigue sin desayunar en la cama y sin la pedicura.

-Rosario, te he dicho cuánto me gustaría que supieras cocinar, pero no sabes ser mujer, sólo me sirves para que Estela no envejezca.

-Elena, todo lo que llevamos en las tardes se llama destino.

Mauro ya no se levanta tempranísimo a contemplar el alba. Estela ya no se levanta de su tumba. De las breves notas se apunta una lanza imperecedera porque Estela se transforma en mil nombres: fugaces. Y Mauro ha despertado.

Estela se encerró, la voz se encerró y el viento la acompaña en los cigarrillos que nadie fuma, que nadie se atreve a incendiar. El edificio donde el rito de antes se vive, ahora ha salido a conocer el mundo.

-Rosario, mi camisa.
-Elena, mi desayuno.
-Armenia, mis enfrijoladas.
-Isaura, Estela, Devaki, Armenia, Rosario, Elena, Estela, Estela…
-Estela…

Mauro se aprende los saludos de los botones.

No te culpo Estela. Yo también le temo a lo definitivo. No te culpo Estela.

© Conrado Zepeda Pallares
Puebla de los Ángeles, febrero de 2003

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