Quiero compartirles este textito que escribí para la presentación del libro de cuentos La emboscada de la escritora y pintora veracruzana Isis Samaniego y Valencia. Hace unos ocho años que la conozco y me invitó a presentarla en el Instituto Municipal de Arte y Cultura de la Ciudad de Puebla el pasado 27 de septiembre. Fue una tarde lluviosísima y en medio del tráfico desquiciante, Isis Samaniego, taciturna y parca nos compartió su obra.
Letras de mezcal y tango,
Presentación de La emboscada de Isis
Samaniego
Y
el verbo nunca se hizo carne porque no lo es aquello que / se hace presencia,
sino lo que se entrega a otra carne”.
Carmen
Boullosa en La salvaja.
Para Eduardo Betanzos, a 9 meses de su
partida
Lista de cosas que haría antes, durante y después de la
presentación:
1)
Pintarme
los labios de carmesí.
2)
Usar
tres máscaras distintas.
3)
Ligar
en la calle.
4)
Twittear
el evento.
5)
Bailar
danzón.
6)
Cantar
un bolero.
7)
Vestirme
de charro.
8)
Beber
mezcal.
9)
Cambiar
el tono de mi Smartphone.
10) Comer/tomar chileatole.
11) Fotografiar la lluvia.
Todas valían la pena. Todas, ya por su relación de cliché
ya por su apasionada contradicción histórica, merecían un espacio en mi lectura
a solas. La verdad es que únicamente escribí un ensayito y esto es lo que les
traigo: una lectura, de tantas, para reconstruir el camino creador de
Samaniego.
Es verdad que era un lector sin problemas. Es verdad que
mis lecturas son verdades categóricas y por ello, definitivas. O me desnudan o
me visten; pero no las dos cosas. Es verdad que estaba muy en paz, hasta que
empecé a leer “La emboscada”. Cada relato me provocó contradicciones inasibles,
espacios de una escritura que hube percibido en el año 2005. Siete años desde
entonces, siete con cada perdón y desparpajo que supone volver a escribir para
otro. En aquel verano, presentaba tu poesía, tu pintura y tu naciente
narrativa. Hoy, madura la semilla de bosques descontrolados, te redescubro
valiente y pura, fugaz y caprichosa, terapeada, trapeada, traponeada, trepando
letras. Muerta de miedo, dices, muerta de miedo después de haberte quedado con
la palabra que esculpe cuerpos de doble sexo; de la palabra que te sangra con
todo e historia. Y llega la música y te recuerdo mezcalizada y tanguera: Jodida pero contenta. Urge una persona que
me arrulle entre sus brazos. Y así sabrás la amargura que estoy sufriendo por
ti. Para ti soy libro abierto, escribe en mí, te necesito. Mueve la cadera
pa’llá y échale un pasito pa’cá. No
sabía que la primavera durara un segundo. Yo que fui del amor ave de paso, yo
que fui mariposa de mil flores. Amor perdido, si como dicen que vives dichoso
sin mí. En vez de maldecirte con justo encono, en mis sueños te colmo de
bendiciones. Amo su inocencia, amo sus errores, soy su primer novio, su primer amor.
Tururú.
Para leerte tuve que mirar tus nombres de seductor
oxímoron: Isis Isabel. Y si el sable se sale, la soledad te salva. Por eso los
reflejos de tu niñez y adolescencia, obsesionados con la historia de los mitos,
de las religiones traicionadas, de lo que significan las categorías sexuales,
primigenias y estandarizadas a güevo.
Para leer a Isis es inevitable pensar en diversas
categorías. En el género neutro de las lenguas latina y griega. En la suavidad
intensa del bolero. En los colores rojizos de la cumbia. En la violencia
justificada de la salsa. En los parques pletóricos de jacarandas del Mirador.
En la injusticia cotidiana de la convivencia humana. En Giusseppe Arcimboldo y
sus nabos, lechugas y ajos vueltos rostros de muchos rostros. En la intrincada
red de verbos que perturban la norma: mezclaba, confundía, desordena, avergonzará,
fundió. Para entender la literatura, amarga y doble de Isis, es indispensable
dialogar con la muerte, el aguardiente y el tango. Hay que sentir lo que es,
pero no es; lo que sin querer se dijo sin decirlo; hay que ver una ráfaga de
viento como una rayo de luz (y a su velocidad). Para entenderte, libro de
prosa, hay que saberte arco y flecha aunque hieras sin sangre. Hay que ser el venadito
serrano vestido de San Sebastián Mártir.
Isis provoca con la desnudez histórica. No grita ni da
palmadas para tomar la atención de ti, de él/ella. Si la verdad nos hace
libres, Samaniego xoconostle de mezcal y tango es libérrima con todo y la
desolación y el desencanto de la libertad deadevis, de ser libre de llanto y madre,
de patria y sexo.
Tú y yo hablamos de noche para recordar que los instintos
no se guardan en la piel, sino en el sexo doble: ni hombre ni mujer, sino un
caracol. Tú y ellos (tus lectores) se hablan a escondidas para entender el
chaleco rojo del vaquero que quieres ser, de los adornos de Chabela Vargas que
rasgan tu genealogía. Tú y tú son un dispar ajeno, interregno y renovado.
Alguna vez me confesaste: “Soy una mujer
que trata de dar una salida al concepto súper deteriorado de la masculinidad.
Mi pintura de mujer, creada por una mujer aspira a incluir lo masculino, no
creo en las diferencias. Así, la estética perfecta humana no está en el cuerpo
de una mujer ni en la de un hombre, está en el cuerpo de un adolescente, de un
joven sin desarrollo pleno. Pero además la estética no está en el físico, está
en la puta cabeza”.
Pintas la prosa. La llenas de amor líquido, de entramados
de agua, de clepsidras vibrantes. Pintas al lenguaje y te peleas con él porque
no te alcanza porque como decía Clarice Lispector: “pensar es un acto. Sentir
es un hecho. Los dos juntos son yo que escribo lo que estoy escribiendo”.
Sientes hasta las “palabras que no
florecen como las flores, al contrario de éstas, permanecen en la lengua y
revientan de vez en vez. Las palabras en la voz se tejen como una telaraña; en
ellas caen los dioses y los profetas. Las palabras presagian, emulan, dañan y
elevan”. Pintas la prosa, prosaica protozoaria y distante al placer; la
pintas, pues, la pintas para que trates de llegar al silencio, donde nada se
confunde y todo se vuelve luz.
Te vas y te vienes en un chiquihuite arrinconado en tu
memoria. Te vas para ser feliz. Por eso escribes. Para que mutilar el tiempo y
reconstruirlo a tu imagen y desemejanza. Te vas, pero te quedas, procaz y
cínica; sin género ni transformaciones. Te vas quedando desnuda en cada prosa y
eres sin ser, volátil pero terrenal. Tierra de frutas y verduras amantes. Te
vas con las letras y te quedas con nuestras lecturas: “Se fueron en busca de un mundo donde no haya gobiernos que repriman a
sus habitantes por pensar diferente, y puedan ser libres de comer a deshoras
alimentos que engorden el alma”.
Quisiera terminar con un fragmento del primer ensayo que
escribí para conciliar el significado con la escritura de Isis (ensayo que por
cierto me daría mi última nota negra para concluir la carrera de lingüística y
literatura): “Samaniego es una salvaja:
no forma parte de esta genealogía o de aquella historia. No tiene familia. No
tiene memoria. No tiene edad. No tiene sexo ni rumbo. Su futuro, si existe, se
conjuga en infinitivo. No debemos dejar de lado la exaltación constante del egocuerpo, de la egosofía y sobre todo de la erosofía que hacen que Lilith vuelva a
las páginas del pasado, que las danzas de las hieródulas se actualicen en la
prostitución de la palabra escrita. Gracias.
Conrado
Zepeda Pallares
27
de septiembre de 2012, Cuetlaxcoapan de los Ángeles
Como siempre Conrado me sorprendes.
ResponderEliminarMi estimada Ivonne, muchas gracias por tu comentario. Espero que cuando estés en México podamos irnos por un cafecito. Saludines.
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