martes, 13 de febrero de 2018

Poesía epistolar 1

San Juan de Puerto Rico, a 7 de diciembre de 2017.

Verdeluz:

Ir caminado y encontrarme. Y encontrarte. Los árboles permanecen atentos a mis pasos de lluvia. A menudo me resbalo con la prisa. Los jardines de la universidad no sucumbieron jamás ante la impaciencia. Por eso cuando llegó María esperaron a cada ráfaga de viento con la serenidad del calvo que busca un peluquero.

Hay hojas que todavía tienen sed de viento. Me bebo algunos restos de las palmas-escombros. Ir caminando y beberme en cada paso el agua que busca al viento para desperezarse. Anidarme en la brisa fresca sin estupor ni prisa. Ir caminando y entonces conocerte.

Morir a ratos en las tempestades y volver a ser rama y raíz, copa y mirada.

Amar la trama más que el desenlace. Llamarte caminando y ser yo mismo, sin dejar de ser árbol ni mirada. Amar el mar a solas y a distancia. Ser palmera y arena: sin las olas de ti que me comprenden.

Los jóvenes piensan en inglés. Los viejos hablan español. Y los jóvenes hablan español. Los viejos no floreceremos en la playa. Pero los jóvenes escribirán en español. La distancia al mar es más grande. Los estudiantes son viejos que van al mar sin chalecos salvavidas. Los viejos son estudiantes que construyeron un dron para olvidar el paisaje. Y fotografiarlo.

Amar el aire. Amarte, aire. Amar las raíces del aire. Y amar la búsqueda de ti. ¿Acaso he vuelto a caminar sobre las olas, el aire o las estrellas?

Es medio día y pienso en el albergue de tus brazos. No quiero caminar sin mi guarida: la verdad de tu boca es un venero que salva mis hepáticas sonrisas. Quiero volver a ti sin intentos de lluvia. Quiero ser un refugio de tu isla, ahora que me ha recuperado las heridas: las ha vuelto cicatrices de guerras que han hecho de mi rostro abecedarios de humo. Escríbeme con tus gestos imposibles. Óyeme con los pies que me han caminado el paisaje.

Ir caminando y ser olvido y descanso y purgatorio. Ir lloviendo y ser conducto de aguas amorosas. Ir refugiándote escalas celestiales que no son tema de iglesias ni de santos. Ir procesando los sistemas que inducen al error y al pensamiento. Ir caminando y ser todo color y aullido bruto, de un huracán que vino y me parió siendo extranjero.

Contemplo las extremas privaciones de mis ojos. Miro la decadencia de las proporciones. La luz es un lugar y un horizonte al que voy a parar a medio día. Mi cuerpo es una de tus vastas posesiones; es color absoluto: filocalia.

Camino sin sombras ni senderos. Solo sé que en ti soy este niño que juega a repetirse en líneas infinitas. ¿Quién era yo antes de descubrir el fondo de mi alma? ¿Quién eras después de haber mudado de paisajes? Ir caminando y encontrarte. ¿Es en esta ciudad que me conoces? Es este el cuerpo mío que te hace dueño de mis andares extáticos o sabios.

Vienes entonces a estar fuera de mí para mirarte. Solo es afuera que me perteneces. Solo es afuera que soy tu peregrino. Soy de tus vientos y tus ojos que me han levantado todos los escombros de un huracán que nunca me dejó pobre ni ciego.


Ir caminando y extrañarte. Y amarte. Y quedarme. Y encontrarte. Te contemplo inmóvil, concentrado. Soy quietud. Hesicasmo. Y entelequia.

© Conrado Zepeda Pallares

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