San Juan de Puerto Rico, a 7 de diciembre de 2017.
Verdeluz:
Ir caminado y encontrarme. Y
encontrarte. Los árboles permanecen atentos a mis pasos de lluvia. A menudo me
resbalo con la prisa. Los jardines de la universidad no sucumbieron jamás ante
la impaciencia. Por eso cuando llegó María esperaron a cada ráfaga de viento
con la serenidad del calvo que busca un peluquero.
Hay hojas que todavía tienen sed
de viento. Me bebo algunos restos de las palmas-escombros. Ir caminando y
beberme en cada paso el agua que busca al viento para desperezarse. Anidarme en
la brisa fresca sin estupor ni prisa. Ir caminando y entonces conocerte.
Morir a ratos en las tempestades
y volver a ser rama y raíz, copa y mirada.
Amar la trama más que el desenlace. Llamarte
caminando y ser yo mismo, sin dejar de ser árbol ni mirada. Amar el mar a solas
y a distancia. Ser palmera y arena: sin las olas de ti que me comprenden.
Los jóvenes piensan en inglés.
Los viejos hablan español. Y los jóvenes hablan español. Los viejos no
floreceremos en la playa. Pero los jóvenes escribirán en español. La distancia
al mar es más grande. Los estudiantes son viejos que van al mar sin chalecos
salvavidas. Los viejos son estudiantes que construyeron un dron para olvidar el
paisaje. Y fotografiarlo.
Amar el aire. Amarte, aire. Amar
las raíces del aire. Y amar la búsqueda de ti. ¿Acaso he vuelto a caminar sobre
las olas, el aire o las estrellas?
Es medio día y pienso en el
albergue de tus brazos. No quiero caminar sin mi guarida: la verdad de tu boca
es un venero que salva mis hepáticas sonrisas. Quiero volver a ti sin intentos
de lluvia. Quiero ser un refugio de tu isla, ahora que me ha recuperado las
heridas: las ha vuelto cicatrices de guerras que han hecho de mi rostro
abecedarios de humo. Escríbeme con tus gestos imposibles. Óyeme con los pies
que me han caminado el paisaje.
Ir caminando y ser olvido y
descanso y purgatorio. Ir lloviendo y ser conducto de aguas amorosas. Ir
refugiándote escalas celestiales que no son tema de iglesias ni de santos. Ir
procesando los sistemas que inducen al error y al pensamiento. Ir caminando y
ser todo color y aullido bruto, de un huracán que vino y me parió siendo
extranjero.
Contemplo las extremas
privaciones de mis ojos. Miro la decadencia de las proporciones. La luz es un
lugar y un horizonte al que voy a parar a medio día. Mi cuerpo es una de tus
vastas posesiones; es color absoluto: filocalia.
Camino sin sombras ni senderos.
Solo sé que en ti soy este niño que juega a repetirse en líneas infinitas.
¿Quién era yo antes de descubrir el fondo de mi alma? ¿Quién eras después de
haber mudado de paisajes? Ir caminando y encontrarte. ¿Es en esta ciudad que me
conoces? Es este el cuerpo mío que te hace dueño de mis andares extáticos o
sabios.
Vienes entonces a estar fuera de
mí para mirarte. Solo es afuera que me perteneces. Solo es afuera que soy tu
peregrino. Soy de tus vientos y tus ojos que me han levantado todos los
escombros de un huracán que nunca me dejó pobre ni ciego.
Ir caminando y extrañarte. Y
amarte. Y quedarme. Y encontrarte. Te contemplo inmóvil, concentrado. Soy
quietud. Hesicasmo. Y entelequia.
© Conrado Zepeda Pallares
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