Estoy con la lluvia por dentro. Hoy. Me ha entrado toda el agua de golpe,
de sopetón, pues. El agua limpia pero también destruye, sana pero también
pudre, vivifica pero también mata. Hoy me has dado agua de vida, agua de amor,
yo sé que es de amor. Ayer eras un sueño posible, hoy eres parte de mi
respiración. He sentido tus caricias en el
resplandor del sol y también he escuchado tu voz en el viento; a veces grita, a
veces me tranquiliza. Hoy estoy empapado de ti y te busco en cada charco que
dejaste en mi piel, en mis labios que te vuelven a buscar una y otra y otra vez
como goteo de agua dulce.
En cada gota que me has dado, están tus palabras:
honestas como tu respiración, sinceras como tu sonrisa, desnudas como tus
brazos. En cada beso que me has dado: siete o nueve, me has
devuelto la dicha y la felicidad genuinas. En cada mirada tuya, me has salvado
del hartazgo, del enojo y de la desesperanza.
Hoy llueve mucho porque me llenaste de agua. Ahora tengo sed de ti, sed
de tus labios, de tu ternura, de tu inocencia inteligente. Cada camino de mi
razón está inundado de tu atrevimiento, de tu ser genuino. Llueve y soy feliz
porque me llueves de ti, me llueves sin ti y contigo. Cada razón que escribo es
una razón que me has devuelto con creces con tus letras y tus abrazos. Me
repito contigo, pero me repito joven y virgen del alma. Digo que me repito
porque ciertamente enamorarme ha sido en mí un estado
necesario. Me repito pero contigo es único, por eso sólo la lluvia es la mejor
metáfora para explicar lo que siento por ti y por lo que me das: la lluvia cae
y se repite y se repite y se repite, pero cada gota es única; y así, en
conjunto, la lluvia es única.
Hoy llueve en mi tierra para hacerse fértil. Me haces recordar el poema
de Tomás Segovia: "Mis besos lloverán sobre tu boca oceánica, primero uno
a uno como una hilera de gruesas gotas que revientan como claveles de sombra".
Me haces recordar que soy un ser humano, consciente de su vida real.
Aquí me tienes para precisar el mundo, para darte una sonrisa, para
también lloverte.
Conrado Zepeda Pallares
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