Una vez supe (10 de noviembre de 2000) por un programa de televisión abierta que el día de mi nacimiento (10 de noviembre de 1980) estuvo marcado por la figura de San Martín de Porres. Siete días después de su muerte (3 de noviembre de 1639) seguía dando luz al universo. Ese día del nuevo milenio pensé: "Alguna vez fui un católico ferviente, hoy soy un hombre dichoso de vivir y creer en la vida y sus sorpresas". De cualquier forma, era curioso escuchar esa güevonadilla porque de alguna manera, la historia, la figura y la energía de este personaje se ha manifestado de múltiples y variadas formas en mi tránsito por esta tierra. Además de la historia conocidísima de que Martín de Porres fue un hijo de una mujer mulata y panameña muy bella llamada Ana Velásquez y de Juan Porres o Porras (según se quiera ver), de la terrible humillación de la época por ser de piel oscura y de los múltiples milagros "low profile" que en vida realizó, me llama su dignidad y su cadencia, su alegría y su ritmo. En casi todos los templos católicos (iglesias) donde he asistido permanece a la entrada de ellos, como si Martín de Porres fuera el eterno portero, tarea por demás demandante.
Con escoba en mano y uno que otro animalillo a sus pies, este personaje vigila la entrada de los visitantes. Con Judas Tadeo, imponente y varonil, Martín de Porres superó todas las posibilidades corporales, históricas, culturales y políticas que podían permitirse a un mestizo mulato como él. Se dice que podía estar en varias partes a la vez (don de la ubicuidad) y con la frase que lo inmortalizó "Yo tengo mis modos de entrar y salir" pudo acompañar y consolar a quienes más lo requerían. Hoy por hoy, su imagen se multiplica en todas las grandes catedrales de América. Vivo entre los siglos XVI y XVII, San Martín fue amigo de quienes lo miraban indeseable, fue crítico con sus propios actos, rebelde con su amor incansable, digno con su labor inquebrantable y tal vez por eso permanece a la entrada de las iglesias, como una muestra de liderazgo educativo, de blasón de la conciencia intercultural y asertiva, de la más pura razón de la existencia: felicidad y conciencia. Es asombroso el poder que un hombre con tantas cicatrices históricas y con tantos prejuicios del entorno, pudo alcanzar. Dicho poder consistió en consolidar el mundo, en sanar el mundo, en vivir el mundo con un rostro atento y una escoba ágil. Muchos años después de su muerte, en la misma Sudamérica (Martín nació, vivió y murió en Lima, Perú), otro mulato le impondría un ritmo casi sagrado al carnaval de Río de Janeiro, en Brasil. También con una escoba, Renato Luiz Feliciano Lourenço mejor conocido como "el sonriente" o Renato Sorriso, barre, baila, cura, consuela, alegra y también está en muchas partes al mismo tiempo. El mismo arte sonoro y ágil de barrer la vida para conseguir una sonrisa se mueven por todas partes. Ayer, en un convento dominico; hoy, en el Carnaval más colorido del mundo: la historia del mulato cadencioso, entusiasta y benevolente le sigue sonriendo al universo.

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