Nación
muerta, nació sorda
…
que viene pero no termina de llegar. ¿Es
esta la vida?
Susan
Sontag en la voz de Benjamín Eliezer
Canta,
baila, actúa, dirige, compone, escribe, camina, vive, grita, mienta creaciones,
protege intimidades. Una mujer halla ecos. Nadie la escucha. Sombra que nos
llevare el blanco día, una mujer nos elige por nacimiento o por naturalización.
Elegía de epítetos desconsolados por sus referentes,
USSA del “autor conocido” Benjamín Eliezer Morales atropella los destinos de
seis mujeres estadounidenses. Alejado del encomio y de los balances literarios,
el Yo de Benjamín convoca seis hiperónimos: sensación en otro tiempo conocida
como milagro. Se dibujan aquí seis
mujeres símbolos que profesan la más
pura crítica musical y literaria. Ora tecnología ora tentación literaria ora
reconstrucción histórica, pero siempre lacerante.
Las mujeres de Benjamín (“hijo predilecto; hijo de
mi dolor” en hebreo) Eliezer (“Dios es mi socorro”) no son estrellas
cinematográficas o cantantes extravagantes, eruditas enfermas o políticas
compasivas. Las mujeres del “autor conocido” por la tierra rojiza son pausas
elegantes, silencios aparatos que conforman –a la manera de una nana, un
mandala o un azora– significados de lo que no se dice. Así, mismo, los símbolos
de este poemario constituyen desde la tradición de la que son herederos, un entramado
de triángulos, números, árboles, tierra, agua, esferas ígneas, nanas, y no
dejan un solo instante el espíritu de la poesía religiosa, amén de las dudas
que Job o La Sunamita cavilaban.
Mientras se presenta el libro pletórico de imágenes
(visuales y sonoras), va caminando la figura cuasiolvidada de los evangelistas o
los sufíes. ¡Qué importa el nombre sino el texto, la letra y su Sabiduría! Es
el anhelo por hallar los rostros de los dioses salvadores, aun cuando no
conozcamos la historia del sujeto escribidor (¡o hablador!). Reconocemos,
entonces, en el poemario de Eliezer Morales, una alegoría deíctica (por su
poder de señalamiento) y anafórica (por su poder referencial): fuerza
integradora de lo que exóticamente podríamos denominar “mandala”[1].
Soplo, hálito y ruáh; susurro. El espíritu del más
pequeño de los hijos del silencio pronuncia la verdad de la creación… (para
continuar luce un problema de enunciación: ¿Qué pertenencia le corresponde a
dicha “creación”? ¿americana? ¿imperiosa? ¿estadounidense? ¿imperial? ¿gringa?
¿impositiva? ¿próspera? ¿ingente?). La creación toda viene de la tierra rojiza.
Cinabrio arborescente. Las ruinas de los paisajes que recuerdan cuatro muertas
(Grace, Nina, Norma y Susan) y dos vivas (Dolly y Condoleezza), -dos negras y
cuatro blancas, fusas y difusas- inventan una “lectura sin pausas”. Apogeo del
deseo del origen (aunque obsesivo) de nuestros tiempos. Es el mismo deseo de la
música sin géneros. El deseo de las contrariedades y de las correspondencias. A
cada mujer corresponde un conflicto; cada mujer es un mandala.
Cada mujer hila la historia de un tumulto oculto
sordo e indiferente: “En el principio, la palabra era africana y para alimentarla
Nina Simone le cantó a Grace Kelly un cielo de estrellas mas un coloso de pan,
vórtice de tormentas aladas, mandó al hombre para mandarlas. Quiso el hombre
que Dolly Parton fuera deseo y humo de su sombra; quiso el hombre que Susan
Sontag naciera enferma y esperó que la lluvia secara la piel blanca de Norma
Jean. Desde entonces Condoleezza Rice adora la tierra roja con una oración
universal: Escucha mundo mudo el
nombre del recuerdo de la noche negra, niña de mil flores; escucha mundo sordo a mis niños necios mas callados.
Escúchame con la tierra roja de tu nombre y cántame cartapacios relentes”...
Cada mujer mandala nos provee de una estructura,
traza de estelas y barruntes. Seis estructuras que obligan al cómplice lector a
elegir su función: definir para desentrañar. Así, podemos leer que los títulos
de cada mandala poético elabora un epíteto que dará más o menos vislumbres para
trazar el camino de significados. De este modo, aunque aparecen en el poemario
primero los títulos y luego los nombres, podríamos jugar con esto y leerlo como
va: Grace Kelly, la noche sin estrellas; Dolly Parton, el nombre del mundo;
Nina Simone cuelga de los árboles; Norma Jean, gota de leche en los labios;
Susan Sontag, los límites de la ciudad; Condoleezza Rice, canción de cuna.
Amén.
Cada mujer mandala es un poema y por lo tanto, un
hallazgo, un goteo inagotable de esperanza. La estructura del libro presenta
siempre: (1)un Grabado/garabato/dibujo de la mujer; (2)el epíteto con el nombre
de la mujer; (3)dos puntos y tres letras mayúsculas; (4)un verso-imprecación;
(5)el poema mismo; (6)un último verso que constituye la conclusión de un rezo
heterodoxo y (7)una fotografía de la mujer.
Cada mujer mandala nació en .U.S.S.A., habló ahí; no
la escucharon; vivió en otros suelos para hallar oídos y murieron universales.
La tierra roja las parió, las expulsó y las colmó de estrellas pero no les dio
un Estado. La tierra roja hereda tempestades. Fuimos elaborando complejos
textuales para comprender el mundo. Olvidamos la poesía, luego la forma de
cantarla y luego a la naturaleza. Algunas voces, incólumes, lían la memoria de
ella: la gran Nación. Nuestros rostros no son los del idealismo del sueño
americano. Acaso son los sueños de Daniel, Ezequiel, Platón o Sidharta. Pero
ahora le corresponde su lugar a La Sunamita, a Tamara, Govindha, Coatlicue,
Yaci, Manitú o las mujeres sin nombre del Corán.
El nombre de las que “cayeron” en el olvido, el
exilio o la mentira son señalados por cada una de las suertes de la łichíí’ kéyah[2], representa el tiempo
de las voces desgarradas de las mujeres de Benjamín Eliezer, “el autor
conocido” sin nombre pero que contempla la verdad. Como Heracles ante los doce
toros de Augías, el poeta ha limpiado sus establos con los ríos perpetuos de la
poesía sagrada. Las apariencias guardan un rostro por escrutar.
Con suma esperanza –aunque superficialmente agónica– la “nación sorda que nació muerta” profiere:
“¿Es esto la vida? Las seis mujeres de Benjamín, con puntos y comas adoloridas
por su repetición, no son 400 ejemplares impresos, SON y ESTÁN en la melancolía
y la contemplación que le pertenecen a una nación colapsada por su olvido
convulso.
Abrid los ojos y los poros, los oídos y las manos,
pues nosotros no nacimos muertos. Quien abra con ciencia las páginas de .U.S.S.A. AUTOR CONOCIDO y transforme cada
verso en el hiperónimo correspondiente, tendrá en su memoria el recuerdo
exigente de cada mujer que perdió su sombra por una tierra rojiza que la
moldeara sin referentes.
© Conrado
Zepeda Pallares
Cuetlaxcoapan
de los Ángeles, a 15 de enero de 2010
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