viernes, 26 de octubre de 2012

Nación muerta, nació sorda, Reseña del libro de poesía .U.S.S.A. AUTOR CONOCIDO de Benjamín Eliezer Morales


Nación muerta, nació sorda
que viene pero no termina de llegar. ¿Es esta la vida?
Susan Sontag en la voz de Benjamín Eliezer

Canta, baila, actúa, dirige, compone, escribe, camina, vive, grita, mienta creaciones, protege intimidades. Una mujer halla ecos. Nadie la escucha. Sombra que nos llevare el blanco día, una mujer nos elige por nacimiento o por naturalización.
Elegía de epítetos desconsolados por sus referentes, USSA del “autor conocido” Benjamín Eliezer Morales atropella los destinos de seis mujeres estadounidenses. Alejado del encomio y de los balances literarios, el Yo de Benjamín convoca seis hiperónimos: sensación en otro tiempo conocida como milagro.  Se dibujan aquí seis mujeres símbolos que profesan  la más pura crítica musical y literaria. Ora tecnología ora tentación literaria ora reconstrucción histórica, pero siempre lacerante.
Las mujeres de Benjamín (“hijo predilecto; hijo de mi dolor” en hebreo) Eliezer (“Dios es mi socorro”) no son estrellas cinematográficas o cantantes extravagantes, eruditas enfermas o políticas compasivas. Las mujeres del “autor conocido” por la tierra rojiza son pausas elegantes, silencios aparatos que conforman –a la manera de una nana, un mandala o un azora– significados de lo que no se dice. Así, mismo, los símbolos de este poemario constituyen desde la tradición de la que son herederos, un entramado de triángulos, números, árboles, tierra, agua, esferas ígneas, nanas, y no dejan un solo instante el espíritu de la poesía religiosa, amén de las dudas que Job o La Sunamita cavilaban.
Mientras se presenta el libro pletórico de imágenes (visuales y sonoras), va caminando la figura cuasiolvidada de los evangelistas o los sufíes. ¡Qué importa el nombre sino el texto, la letra y su Sabiduría! Es el anhelo por hallar los rostros de los dioses salvadores, aun cuando no conozcamos la historia del sujeto escribidor (¡o hablador!). Reconocemos, entonces, en el poemario de Eliezer Morales, una alegoría deíctica (por su poder de señalamiento) y anafórica (por su poder referencial): fuerza integradora de lo que exóticamente podríamos denominar “mandala”[1].
Soplo, hálito y ruáh; susurro. El espíritu del más pequeño de los hijos del silencio pronuncia la verdad de la creación… (para continuar luce un problema de enunciación: ¿Qué pertenencia le corresponde a dicha “creación”? ¿americana? ¿imperiosa? ¿estadounidense? ¿imperial? ¿gringa? ¿impositiva? ¿próspera? ¿ingente?). La creación toda viene de la tierra rojiza. Cinabrio arborescente. Las ruinas de los paisajes que recuerdan cuatro muertas (Grace, Nina, Norma y Susan) y dos vivas (Dolly y Condoleezza), -dos negras y cuatro blancas, fusas y difusas- inventan una “lectura sin pausas”. Apogeo del deseo del origen (aunque obsesivo) de nuestros tiempos. Es el mismo deseo de la música sin géneros. El deseo de las contrariedades y de las correspondencias. A cada mujer corresponde un conflicto; cada mujer es un mandala.
Cada mujer hila la historia de un tumulto oculto sordo e indiferente: “En el principio, la palabra era africana y para alimentarla Nina Simone le cantó a Grace Kelly un cielo de estrellas mas un coloso de pan, vórtice de tormentas aladas, mandó al hombre para mandarlas. Quiso el hombre que Dolly Parton fuera deseo y humo de su sombra; quiso el hombre que Susan Sontag naciera enferma y esperó que la lluvia secara la piel blanca de Norma Jean. Desde entonces Condoleezza Rice adora la tierra roja con una oración universal: Escucha mundo mudo el nombre del recuerdo de la noche negra, niña de mil flores; escucha mundo sordo a mis niños necios mas callados. Escúchame con la tierra roja de tu nombre y cántame cartapacios relentes”...
Cada mujer mandala nos provee de una estructura, traza de estelas y barruntes. Seis estructuras que obligan al cómplice lector a elegir su función: definir para desentrañar. Así, podemos leer que los títulos de cada mandala poético elabora un epíteto que dará más o menos vislumbres para trazar el camino de significados. De este modo, aunque aparecen en el poemario primero los títulos y luego los nombres, podríamos jugar con esto y leerlo como va: Grace Kelly, la noche sin estrellas; Dolly Parton, el nombre del mundo; Nina Simone cuelga de los árboles; Norma Jean, gota de leche en los labios; Susan Sontag, los límites de la ciudad; Condoleezza Rice, canción de cuna. Amén.
Cada mujer mandala es un poema y por lo tanto, un hallazgo, un goteo inagotable de esperanza. La estructura del libro presenta siempre: (1)un Grabado/garabato/dibujo de la mujer; (2)el epíteto con el nombre de la mujer; (3)dos puntos y tres letras mayúsculas; (4)un verso-imprecación; (5)el poema mismo; (6)un último verso que constituye la conclusión de un rezo heterodoxo y (7)una fotografía de la mujer.
Cada mujer mandala nació en .U.S.S.A., habló ahí; no la escucharon; vivió en otros suelos para hallar oídos y murieron universales. La tierra roja las parió, las expulsó y las colmó de estrellas pero no les dio un Estado. La tierra roja hereda tempestades. Fuimos elaborando complejos textuales para comprender el mundo. Olvidamos la poesía, luego la forma de cantarla y luego a la naturaleza. Algunas voces, incólumes, lían la memoria de ella: la gran Nación. Nuestros rostros no son los del idealismo del sueño americano. Acaso son los sueños de Daniel, Ezequiel, Platón o Sidharta. Pero ahora le corresponde su lugar a La Sunamita, a Tamara, Govindha, Coatlicue, Yaci, Manitú o las mujeres sin nombre del Corán.
El nombre de las que “cayeron” en el olvido, el exilio o la mentira son señalados por cada una de las suertes de la łichíí’ kéyah[2], representa el tiempo de las voces desgarradas de las mujeres de Benjamín Eliezer, “el autor conocido” sin nombre pero que contempla la verdad. Como Heracles ante los doce toros de Augías, el poeta ha limpiado sus establos con los ríos perpetuos de la poesía sagrada. Las apariencias guardan un rostro por escrutar.
Con suma esperanza –aunque superficialmente agónica–  la “nación sorda que nació muerta” profiere: “¿Es esto la vida? Las seis mujeres de Benjamín, con puntos y comas adoloridas por su repetición, no son 400 ejemplares impresos, SON y ESTÁN en la melancolía y la contemplación que le pertenecen a una nación colapsada por su olvido convulso.
Abrid los ojos y los poros, los oídos y las manos, pues nosotros no nacimos muertos. Quien abra con ciencia las páginas  de .U.S.S.A. AUTOR CONOCIDO y transforme cada verso en el hiperónimo correspondiente, tendrá en su memoria el recuerdo exigente de cada mujer que perdió su sombra por una tierra rojiza que la moldeara sin referentes.
© Conrado Zepeda Pallares
Cuetlaxcoapan de los Ángeles, a 15 de enero de 2010


[1] Según el Diccionario de la Sexualidad Sagrada, “diagrama/pintura/dibujo concéntrico empleado en los rituales tántricos para centrar la conciencia en las energías psíquicas tanto cósmicas como individuales.” (Camphausen, Rufus [2001:212-213]).
[2] Tierra roja en navajo.

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