Hoy, 24 de agosto de 2012, quiero recordar a una de las mujeres argentinas poseedoras de una de las voces más bellas de por lo menos los últimos dos siglos. También en un 24, pero de junio de 1935, murió otro argentino brillante; en fin. A Mercedes Sosa la escuché por vez primera en casa de mi tía Angélica Pallares, en Acámbaro, Gto. Yo tenía quince años y estaba a punto de ingresar al Seminario Menor Palafoxiano de la ciudad de Puebla. Se trataba de la canción Alfonsina y el mar de los compositores Ariel Ramírez y Félix Luna. No podía dejar de conectarme con las innumerables veces que había estado en el mar. No obstante, lo verdaderamente hipnótico era la voz de esa mujer; sus erres arrastradas por su garganta me colocaba hasta el lugar más íntimo de las caracolas. Mercedes Sosa nació apenas unos días después de la muerte accidental del más grande cantante de tango: Carlos Gardel. De esta forma, se cumplía una vez más la vieja máxima: "Unos nacen, otros mueren". La verdad es que hay un vínculo sorprendente entre ellos. Ciudadanos del mundo, ambos intérpretes creaban ambientes entre lumínicos y melancólicos. Hay que escucharlos para entenderlos, aunque no podamos explicarlos. Cada frase cantada por ellos se volvía poesía. Confieso que me hubiera gustado entrevistarlos o, por lo menos, haberlos escuchado en vivo. Te vas, Alfonsina, con tu soledad, / ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar? / Una voz antigua de viento y de sal / te requiebra el alma y la está llevando. / Y te vas hacia allá como en sueños, /dormida, Alfonsina, vestida de mar... Estos versos retumbaron en mis sienes. Por supuesto que había un hilo conductor: un cuento en común. Alfonsina Storni fue una poeta, también argentina, que murió descorazonada a orillas del mar sudamericano. Mercedes Sosa estaba destinada a inmortalizar ésta y otras canciones. Pero lo que tal vez nunca se imaginó fue que sería la materia prima para explorar el lenguaje a estas horas de la noche, y mucho menos de un mexicano (aunque de origen sudamericano) nacido en la década de las muertes artísticas múltiples. La canción del video que les comparto da cuenta del agradecimiento que le guardo a "La negra", como le decían sus amigos. Y es que, de universitario, hubo unas coplas que hubieron de marcar mi vida para levantarme a diario: letras ellas que salieron del mismo principio de libertad y de justicia que siempre buscó Mercedes (que dicho sea de paso, el nombre también se celebra un 24, pero de septiembre): Que vivan los estudiantes, / jardín de nuestra alegría, / son aves que no se asustan / de animal ni policía. / Y no le asustan las balas / ni el ladrar de la jauría. Entre nombres y música, territorios y letras, hoy he querido compartir un poquito de causalidades y casualidades. Al principio de este texto, decía que HOY es 24 de agosto. Bien, pues hoy, 24 de agosto, hace 113 años que nació el poeta, también argentino, Jorge Luis Borges. Y por esta razón, termino con un poema de la ahora literatura universal: Las causas, poema al que atribuyo todas estas "coincidencias anímicas":
Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.
© Conrado Zepeda Pallares
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